Crecer no es dejar de jugar: el Día del Niño también es para los que nunca soltaron sus juguetes
- Revista Booking
- 29 abr
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Hay una idea equivocada sobre crecer: que en algún punto hay que dejar atrás todo lo que nos hacía felices de niños. Pero basta asomarse a cualquier pasillo de juguetes para entender que eso no es del todo cierto. Los llamados “adultos funcionales” especialmente los Millennials no solo crecieron, también aprendieron algo importante: que la nostalgia también se compra… y se disfruta.
En México, esta tendencia no es menor. De acuerdo con Kantar, el 40% de las personas entre 25 y 70 años adquieren juguetes o coleccionables de forma habitual. Ya no se trata únicamente de comprar para hijos o sobrinos, sino de reconectar con esa versión más simple de uno mismo. Y en ese terreno, tiendas como Bodega Aurrera han entendido perfectamente el juego.
Porque sí, el Día del Niño ha evolucionado. Ya no es exclusivo de los más pequeños: también es una excusa perfecta para volver a esos momentos donde todo giraba en torno a elegir el juguete correcto, encender la televisión después de la escuela o pasar horas perfeccionando una jugada, una pista o una estrategia.
En ese viaje al pasado, cada quien tiene su propia historia. Están quienes crecieron entre moda, música y tardes de complicidad con amigas, reviviendo el espíritu de muñecas con personalidad como Bratz, donde lo importante era expresarse, jugar a ser y compartir. Para ellos, el plan perfecto hoy sigue siendo el mismo, solo que con un giro adulto: mascarillas, bebidas favoritas y playlists que nunca pasan de moda.
También están los que nunca dejaron de buscar adrenalina. Aquellos que se detenían frente a las pistas imposibles, soñando con autos que desafiaban la gravedad. El universo de Hot Wheels no solo era un juego, era una competencia constante contra uno mismo. Hoy, ese espíritu sigue vivo en planes que implican movimiento, velocidad y aventura: salir, explorar, recorrer.
Y por supuesto, los estrategas. Los que entendían que jugar también era cuestión de técnica. Que cada movimiento contaba. Que ganar requería práctica. Para ellos, experiencias como Beyblade marcaron una forma de ver el juego que hoy se traduce en tardes de videojuegos, competencias y ese deseo intacto de ser el mejor.
Lo interesante es que, más allá del juguete, lo que realmente permanece es la emoción. Ese momento de elegir, de compartir, de perder la noción del tiempo. Y eso no tiene edad.
Este Día del Niño, la invitación no es solo celebrar a los más pequeños, sino también reconciliarse con esa versión de uno mismo que aún sonríe frente a un juguete. Porque crecer no significa dejar de jugar… solo aprender a elegir mejor cómo hacerlo.

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