Cuando jugar lo cambia todo: del “beep beep” al “kaboom” que une generaciones
- Revista Booking
- 23 abr
- 2 min de lectura

POR: LILIANA HERNÁNDEZ
En medio de rutinas aceleradas y pantallas que capturan la atención a cada instante, hay algo que sigue resistiendo el paso del tiempo: el juego. Lejos de ser exclusivo de la infancia, jugar se mantiene como una de las formas más genuinas de conectar, aprender y reconectar con uno mismo, sin importar la edad.
En los primeros años de vida, el juego es el lenguaje principal. No necesita instrucciones ni objetivos claros: basta un sonido, una historia inventada o un personaje imaginario para detonar procesos clave en el desarrollo. Ese “beep beep” al empujar un coche o el clásico “¡kaboom!” en medio de una batalla ficticia son, en realidad, pequeñas muestras de cómo los niños entienden el mundo, experimentan emociones y desarrollan habilidades sociales y cognitivas de forma natural.
Sin embargo, el valor del juego no desaparece con el tiempo. En la vida adulta, se transforma en una herramienta para liberar estrés, activar la creatividad y fortalecer vínculos. Volver a jugar ya sea a través de juegos de mesa, dinámicas familiares o momentos espontáneos es también una forma de reconectar con lo esencial: estar presente.
Bajo esta premisa, iniciativas como el Mes del Niño de Juguetron buscan resignificar el juego como una experiencia que va más allá de lo visual. La propuesta pone en el centro esos sonidos y expresiones que surgen de manera natural cuando la imaginación toma el control, recordando que jugar también se escucha, se siente y se vive.
Acompañando esta idea, la temporada integra promociones en productos de universos que han marcado a distintas generaciones, como Super Mario, Hot Wheels, Barbie, Marvel, Pokémon y Playmobil, entre otros, apelando tanto a la nostalgia como al descubrimiento.
Más allá de una fecha en el calendario, esta temporada se convierte en un recordatorio sutil pero poderoso: crecer no debería significar dejar de jugar. A veces, basta con recorrer un pasillo lleno de juguetes para darse cuenta de que la imaginación sigue ahí, esperando ser despertada.


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