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Aromas de Día de Muertos: bienvenida a vivos y difuntos

Foto del escritor: Revista Booking
Revista Booking
hace 17 minutos
3 min de lectura

Noviembre trae fiesta, noches de decoración de tumbas, convivencia en los panteones y

recuerdos de quienes ya no están. Apenas empieza el otoño y el aire ya huele a

cempasúchil, la luz es más naranja y nuestra herencia cultural se lleva a flor de piel.


México es un país de tradiciones cargadas de añoranza y humor. Convertimos el duelo por la pérdida de un ser querido en un sabroso pan azucarado, cuyas tiras hacen alusión a los huesos de los difuntos y las lágrimas derramadas por quienes se quedan.


Éste y el cempasúchil traen aroma a Día de Muertos, perfecto para celebrar y recordar a quienes se adelantaron.


Tradición y sincretismo


Tal vez la nostalgia que sentimos con el característico aroma de la flor naranja es en realidad

la comunicación con el otro mundo. O por lo menos eso pensaban nuestros antepasados

mexicas, de acuerdo con los códices Florentino y Badiano. Los textos recuerdan que,

durante las ceremonias mexicas, un grupo olía la flor para comunicarse con los dioses.


Incluso hoy, siglos más tarde, la tradición dice que la flor de cempasúchil es la que atrae a

las almas de los difuntos con su aroma y color vibrante. Ya sea en el altar o en un arco a

modo de portal entre ambos mundos, el olor de la planta continúa impregnando el aire

otoñal de misticismo.


Si hay algo que caracteriza al pueblo mexicano, son las maximalistas tradiciones sincréticas.

El pan de muerto es el ejemplo perfecto. Desde sus inicios, siendo de amaranto y miel, hasta

la actualidad en la que tiene variaciones en los estados del país, su significado sigue cargado

de espiritualidad.


Los “fantasmas” de Guanajuato o el pan bordado de Oaxaca tienen la misma esencia que la

masa de amaranto mexica y el pan español usado para orar. Aunque la versión azucarada de

naranja y agua de azahar es la más conocida. Popularmente sirve en la ofrenda para

alimentar a las almas; además, su forma circular recuerda el ciclo de la vida y la muerte.


Conexión con los difuntos y las raíces


El Día de Muertos es una tradición mexicana, y ser mexicano significa ser mestizo. Como

país, tenemos un origen que es tan indígena como español. Y la fiesta tradicional de

noviembre lo confirma.


El pan de muerto está tan cargado de simbolismo espiritual español como por el propósito

ritual mexica. Si bien lo popular ya no es el “papalotlaxcalli” —o pan de mariposa, como le

llamaban los antiguos—, que se ofrecía a deidades, o el acto de ofrecer pan a los niños para

que oraran, en su olor de naranja y azahar aún viven ambas partes.


Llenar nuestros hogares con flores de cempasúchil cultivadas en la zona central de México

no sólo prepara el camino para que las almas de quienes se adelantaron encuentren sus

altares, también nos transporta con su aroma a la colina donde Xóchitl y Huitzilin fueron

transformados en la flor naranja y colibrí por el dios del sol, de acuerdo con la leyenda. El

aroma a Día de Muertos mantiene viva la mezcla de tradiciones al tiempo que cada hogar

crea sus propias nuevas tradiciones.


Aroma Eterno, perfume de nostalgia


Cambiar las aromas en el hogar por temporada ya trascendió las tareas de limpieza. Dejó de

ser una obligación para convertirse en un gesto de personalidad y recepción. El perfume de

un hogar es un gesto de bienvenida al mismo tiempo que la impresión que se llevan los

invitados.


En realidad, la costumbre de buscar fragancias para nuestros espacios no es tan diferente a

la tradición. Un difusor puede ser la nueva versión del copal y el incienso. Un aromatizante

puede dar la bienvenida a los vivos para contar anécdotas de los muertos a quienes se les

ofrecen flores.

 
 
 

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